martes, octubre 25, 2005

¿MAMI, POR QUÉ YO NO TENGO CABLE?

El Estado peruano necesita un replanteamiento entre los bienes suntuarios y las necesidades públicas. Cuando se solucione este problema más ciudadanos podrán acceder a los beneficios que traen consigo el Internet y la televisión por cable.

Hoy en día, el Internet es una pieza básica para el desarrollo de las sociedades. Mediante la promoción de un correcto uso del Internet se agrupan las posibilidades de un progreso social, cultural y económico, especialmente para los grupos minoritarios o con menos acceso a recursos.

A través del acceso al cable, el mundo de las personas se amplía. Una increíble cantidad de cultura, conocimiento y lugares entran a los hogares. Además se crea una nueva alternativa para la educación, sin tener que depender de la señal abierta.

La sobrecarga de impuestos a ciertos productos ha generado la necesidad de analizar lo que es para el Estado un bien suntuario y una necesidad pública. El Gobierno, cada vez que incrementa los impuestos del cable y teléfono fijo, demuestra no sólo su incapacidad en el sector económico, sino afirma su poco interés en el progreso de la sociedad.

Por un lado, al haber mayores impuestos, existen menores ingresos disponibles para ciudadanos y empresas. Este incremento hace que disminuya el consumo de bienes y servicios. Con esta alza se paraliza más la Microeconomía, generando la aseveración de la recesión.

Por otro lado, la poca población peruana que tenía acceso al cable y al Internet disminuye, por lo que se da un retroceso en la accesibilidad a la tecnología.

Es indispensable replantear la visión del cable y el Internet no como unos bienes suntuarios, sino como necesidades públicas. Al verse como necesidades, las personas tendrían derecho a acceder a ellas y el Estado tendría la obligación de crear políticas que impulsen la competitividad en la tecnología, para que hayan precios más bajos.

En este replanteamiento se encuentra también la urgencia de cambiar el enfoque de la comunicación. Mientras se vea como un negocio, la audiencia será un simple consumidor, al cual se la brindan productos que certifiquen una ganancia, pero no calidad. Si la comunicación es percibida como una expresión cultural y masiva, la audiencia se convertirá en ciudadanía y los programas apostarán por su inteligencia, ofreciendo calidad y cultura.

El Estado tiene una deuda con la sociedad, pues no ha sido capaz, ni este ni ningún gobierno anterior, de otorgar una política medianamente coherente con los avances tecnológicos y las carencias de la sociedad. Él es quien debe resguardar los intereses de los ciudadanos, regulando el crecimiento de las telecomunicaciones a favor del bienestar de las masas y no permitiendo que aquella brecha social se siga a agrandando con más impuestos.