SOLDADO VOLUNTARIO
Crónica sobre la experiencia de un jefe de cocina que se inscribe de voluntario en el conflicto de EEUU con Afganistán.

Artemio Caro salió muy temprano de su departamento de soltero en San Juan de Lurigancho. Debía estar en el Tony Roma´s a las nueve, pues como jefe de cocina tendría que atender a los proveedores. Llegó a la embajada de Estados Unidos y lo atendió el mismo guardia que el día anterior le había informado acerca de los requisitos para la inscripción. Sólo necesitaría su D.N.I. y alguna experiencia previa en la vida militar.
Él no tendría que esperar tanto, la cola para las visas, como siempre, era enorme; pero para los voluntarios había otra puerta de entrada. Revisaron sus cosas. Su celular no podría ingresar, por lo cual lo tuvo que dejar con un poco de desconfianza; y luego de pasar por un detector de metales, ya estaba dentro. Le dijeron que caminara por el extenso corredor rodeado de jardines. “Trayecto largo para ser soldado americano”, pensó.
Artemio, desde un comienzo, había estado al tanto de todos los detalles del conflicto con Afganistán. Se enteró por un amigo del trabajo que había gente inscribiéndose para ser voluntario, como parte del ejército latinoamericano. Al día siguiente, se encontró en la puerta de la embajada averiguando los requisitos, hoy estaba caminando para firmar la lista que cumpliría uno de sus sueños más esperados: participar en una guerra y obtener la residencia americana.
A pesar de ser un hombre de treinta años, al mirar la enorme puerta de entrada a la recepción, fue difícil guardar compostura frente a la imponente construcción. Artemio, por unos instantes, se convierte en aquel niño de doce años, quien proveniente de La Oroya se mudó a la casa de unos tíos limeños. Sus padres se quedaron en provincia, pues tenían que continuar con sus trabajos de minero y profesora. Ingresó a la Infantería de Marina a los dieciséis años para hacer el servicio militar obligatorio. Después de un tiempo, llegó a formar parte de la Unidad de Comandos Anfibios encargándose de ataques terrestres, operaciones submarinas, secuestros y otros. Al pasar cinco años, Artemio salió de la vida militar. “Los medios económicos eran muy pocos y si hubiese seguido no hubiera conseguido todas las comodidades que tengo ahora”, comenta orgulloso.
“Fue rápido y práctico, como son ellos”, nos cuenta el jefe de cocina. El oficial de la Marina de EEUU que lo atendió le explicó que la prioridad la tendrían los residentes y ciudadanos americanos. Sin embargo, había muchos ex compañeros de milicia, quienes tentados por la residencia americana, los tres mil dólares (US$ 3,000) de bolsa de viaje y el traslado gratis ofrecidos, se encontraban inscribiéndose.
Artemio, no puede huir de su evidente sobrepeso. “Preparación tengo, quizás físico no, pero en treinta o cuarenta días es suficiente. A fin de cuentas, los conocimientos son para siempre”, dice convencido. El ex marino ha visto muchos de sus compañeros lisiados, pero afirma que con preparación todo resultará bien. Sin embargo, no duda en creer que si algo saliese mal, los beneficios irían para su madre.
El Sr. Caro, nuestro soldado voluntario, a pesar de “gustarle la acción” no tuvo la misma intención de participar en la guerra del Cenepa. Artemio nos dijo, aunque suene irónico, que fue simplemente porque no lo llamaron. Él piensa que, al final, las luchas de los americanos terminarían siendo las suyas. Ahí estarían de por medio sus intereses. “Soy voluntario por la plata y por la residencia”, nos cuenta con sinceridad.
El jefe de cocina, entre pedidos y costillas por hornear, no deja de estar preparado por si algún día lo llaman para integrar el ejército voluntario. En los últimos días, la pequeña mesa instalada en la recepción de la residencia de EEUU ya no está. Debe ser por que las expectativas por el conflicto decayeron con la misma fuerza que las esperanzas peruanas en ser protagonistas de algún caso de Ántrax. Al preguntarle al encargado de prensa de la embajada, Guido Chirinos, por el número de voluntarios peruanos, nos informó que no hay cifras oficiales. “Supuestamente, sólo debieron ser inscritos los residentes y ciudadanos americanos”, nos dijo. Sin embargo, el testimonio existe, y a pesar de que Artemio no logre recordar el nombre del “marino gringo”, hay una lista donde varios peruanos fueron voluntarios de un sueño.

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